Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de agosto de 2013

Colombianos y colombianas, ridículos y ridículas?

Por Héctor Abad Faciolince
Revista Semana agosto 19/2006

Si el manual de estilo obligara a usar el lenguaje incluyente, el título tendría que decir: “cadena perpetua para violadores y violadoras de niños y de niñas”

En estos días una amiga que aprecio mucho por su valor e independencia, Florence Thomas, escribió en El Tiempo que yo era "absolutamente alérgico al lenguaje incluyente". No la desmiento, lo soy, sobre todo si por lenguaje incluyente se entiende la costumbre de reemplazar la letra 'a' y la letra 'o'
por el signo @ (querid@s amig@s), o si cada vez que uno dice "ciudadanos" debe añadir también "ciudadanas".
Dijo también que, a pesar de esta alergia, tendría que acostumbrarme al lenguaje incluyente (el que no excluye a las mujeres), "porque es un debate contemporáneo importante que estamos ganando poco a poco". Y concluyó con una pregunta: "¿Sí o no, Héctor?" Respondo: No, querida Florence, y voy a tratar de explicar por qué no.
El género es una categoría gramatical que no tiene nada que ver con el sexo. Cuando yo digo, por ejemplo, que "las personas tienen estómago", aunque "personas" tenga género femenino no estoy excluyendo a los hombres. Y aunque "estómago" sea masculino de género, lo llevan por dentro los dos sexos por igual. De hecho el órgano viril por excelencia, suele tener en castellano género femenino y (excúsenme los oídos castos) puedo citar los casos de la verga, la polla, la picha y la mondá, cuatro instrumentos idénticos de género femenino, aunque evidentemente de sexo masculino. Y en España, al menos, pasa lo inverso con la parte correspondiente de la mujer y, por típicamente femenino que sea (en cuanto al sexo) el coño, el género de esta palabra es masculino.
Cita Florence en apoyo de su tesis un titular de El Tiempo que decía así: "Piden cadena perpetua para violadores de niños". Thomas se indigna porque la mayoría de las víctimas del delito de violación son niñas y no niños, y siente que El Tiempo, al escribir niños, está dejando en la sombra a las niñas, excluyéndolas, negando su sexo, y propone que el título correcto debería haber sido: "Cadena perpetua para violadores de niñas y niños". En realidad, si el manual de estilo del periódico obligara a los periodistas a usar un "lenguaje incluyente", el título, más exacto, tendría que decir: "Cadena perpetua para violadores y violadoras de niñas y de niños". Sé muy bien que por cada mil violadores hombres, si mucho, hay una violadora mujer, pero si uno se va a poner muy preciso, y si se va a saltar la economía propia del idioma, es difícil saber dónde trazar la raya.
Como el género, insisto, es un asunto gramatical y no sexual, hay una convención en varias lenguas occidentales (español, francés…) según la cual ante un número plural de personas, se usará, por economía verbal, el género masculino, lo cual no excluye a las integrantes de ese grupo específico que tengan sexo femenino.
Si Florence viviera en Alemania no había podido escribir su protesta en el caso de los niños violados, puesto niño, en alemán, es neutro: das Kind. El género es una cosa arbitraria y rara. La palabra mano, en italiano, es femenina como en español, pero su plural (mani) usa la i, que es una típica terminación de género masculino. Se sabe que 'sol' es femenino en alemán (die Sonne, la sol), y luna se dice der Mond (es decir, el luna), y para mayor enredo, ni siquiera la palabra 'muchacha' es femenina, sino neutra: das Mädchen. Con esto quiero demostrar la arbitrariedad que tiene el género gramatical. Es más, hay lenguas no occidentales con muchísimos otros géneros: animal, neutro, dual, de cosa animada, de cosa inanimada, para vegetales, para minerales…

Florence pide "sentido común" en el uso del lenguaje incluyente. No lo pide para las novelas (menos mal) sino para "los documentos oficiales, los discursos políticos, las constituciones, leyes y decretos". El artículo 51 de la Constitución Nacional, por ejemplo, dice así: "Todos los colombianos tienen derecho a vivienda digna". La constitución de Florence diría: "Todas las colombianas y todos los colombianos tienen derecho a vivienda digna". No me convence; me parece redundante, feo e inútil y me lo seguirá pareciendo incluso si algún día, como escribe Thomas "ganan este debate". Es más, me parece mucho más importante el debate de la vivienda digna que el del lenguaje incluyente.
Creo que en ese debate hay un exceso de susceptibilidad de parte de algunas mujeres. Sé que no todas ellas se sienten excluidas cuando se usa el género masculino para el plural, por simple economía de lenguaje, y no para discriminar. Al fin y al cabo, todas las personas que existen en el mundo pueden ser calificadas con adjetivos negativos, y también la mitad de los oficios y actividades pueden tener una connotación peyorativa. Y en todas esas acepciones negativas, el género masculino carga con la abominación, sin que los de mi sexo protestemos. Si usáramos de verdad un lenguaje incluyente, tendríamos que decir no sólo colombianos y colombianas, sino también asesinos y asesinas, borrachos y borrachas, secuestradores y secuestradoras, violadores y violadoras, feos y feas, brutos y brutas, estúpidos y estúpidas. ¿De verdad les parecería bueno usar el lenguaje así?


 

 

miércoles, 17 de julio de 2013

¿QUÉ PASARÍA SI DESAPARECIERA EL TEATRO?

Tranquilicémonos, no va a desaparecer.
El teatro es inevitable, está a todas horas en todos los lugares, 
en los escenarios con puestas en escena hechas adrede  por profesionales o aficionados,
en las formas fugaces del performance,
en el mendigo que descompone magistralmente su rostro de desgracia                            
para recabar monedas, 
en el amante que afirma más amor del que siente,
en la promesa que de antemano se sabe nunca se cumplirá,
en el que argumenta calamidades para evadir una deuda,
en la cara serena del que sufre una afrenta,
en el que habla ante una audiencia y dice palabras que simulan sabiduría,
en el que sonríe al enemigo y le desea buenos días,
en la pataleta del niño,
en la cordial bienvenida,
en la afable atención del mesero cuyo deseo más íntimo seria 
quebrarnos la botella en la testa,
en la azafata que sufre una perdida amorosa y no obstante nos desea un feliz vuelo,
en aquel que nos habla de un dios que todo lo perdona y está planeando matar a su esposa,
en aquel que tiene abierto un libro al revés y hace de lector,
en la cajera del supermercado que conserva su inmutabilidad 
ante el reclamo airado del cliente,
en el cliente que toma para si el papel de justiciero, 
en las pulidas formas de tomar trinchete y tenedor y masticar,
en el que juega con los niños y verifica que todos a su alrededor
lo observen y piensen “cómo ama a los niños”,
en los niños que con un cartón sucio construyen palacios encantados,
en la niña que durante todo el día vive imaginariamente en el bosque y es una hada,
en el niño que amaneció supermán,
en el lápiz labial que repone en el rostro  de las mujeres las insuficiencias de la naturaleza,
en los tatuajes, en los piercing, en los aretes, en los peinados, en la ropa,
en la sombras de los ojos y las pestañas postizas,
en las pasarelas,
en el fingimiento de la caricia y el orgasmo,
en los simulacros de naufragio y tragedia,
en los desfiles militares,
en las procesiones religiosas,
en la frase “te amaré siempre”,
en los perfumes,
en las medias de seda y las prendas eróticas,
en las barbas, en los bigotes, en las crestas punk,
en los velorios, magnifico escenario para exhibir la peor congoja,
en el ritual seductor que nos disfraza para la conquista amorosa.

El teatro no solo es inevitable, es necesario, nos aprisiona, nos arroja a diario a la calle a practicarlo con los otros.
Nuestro afecto por la soledad es un deseo de escapar a la obligación cruel del teatro cotidiano. El afán de ese lapso donde podemos encontrarnos a solas con nosotros mismos y tratar de entender cuál es nuestra verdadera máscara.

TOMADO DE EL PERIODICO: El informador de Comfama
Redactado por: Cristóbal Peláez G. 

sábado, 8 de junio de 2013

PARA HACERNOS ENTENDER DE LOS HIJOS

No existe padre de  familia que se proponga mortificar día a día a sus hijos, Sin embargo como no sabemos hacernos entender debidamente de los niños, decimos y hacemos cosas que hubiéramos  querido evitar. Nos sorprendemos a nosotros mismos diciendo cosas que no sentimos y en tono inclusive que nos desagrada.Para darnos a entender de los hijos y disminuir las decepciones paternas, necesitamos aprender a conversar con los niños de manera adecuada.Un observador que escuche una conversación entre un niño y su padre, podrá advertir el poco interés con que se escuchan el uno al otro. La conversación parece más la mezcla de dos monólogos formados el uno de censura y órdenes mientras que el otro de negativas y ruegos.
Esto no sucede por falta de cariño, sino en la ausencia de mutuo respeto no en la falta de inteligencia sino en la carencia de habilidad.Para hacerse entender de los hijos se exige en toda conversación con ellos se respete el amor propio del niño y del padre.Por ejemplo, Enrique que ya tiene nueve años, volvió de la escuela a casa, furioso porque un día de campo organizado por su clase se había suspendido a causa de la lluvia. Generalmente, cuando Enrique se pone de mal humor se iba la tranquilidad de todos en casa.  Pero su madre decidió abstenerse de  recurrir a frases que anteriormente solo servían para empeorar las cosas. (“No vale la pena llorar; ya tendrás muchas ocasiones para divertirte”; o bien: “yo no eh sido quien hizo llover; entonces ¿Por qué la tomas con migo?”) En cambio le dijo:-Parece que estas muy enojado.-Si – repuso Enrique-Tenías todo listo cuando esa desdichada lluvia lo arruino todo ¿eh?-Sí, eso es precisamente – reconoció Enrique. Y después de un momento de silencio, agregó: ¡Bah! Ya será  otro día.Su cólera se fue y el niño se pasó todo el día ayudando a su madre.Quien se proponga aconsejar o consolar a un niño primero debería demostrar que lo comprende y lo respeta, cuando un niño dice “no puedo con las matemáticas” poco sirve que no se tenga en cuenta su opinión o se le haga una reflexión superficial, como: “si estudiaras más lo harías mejor”. Con esto solo  se consigue disminuir su confianza en sí mismo e intensificar su irritación.El niño acogería tu opinión con interés y compresión si le dijeras “si la matemática te es tan difícil, hay que trabajar mucho para dominarla. Tal vez te preocupa que la pierdas y causarnos una desilusión, pero estamos seguros que harás cuanto puedas.Los hijos nos quieren y a la vez nos guardan rencor. Experimentan lo que los psiquiatras llaman una ambivalencia de sentimientos hacia sus padres, maestros, y cuantos ejercen una autoridad en ellos. Donde hay cariño siempre hay algo de rencor, todo efecto profundo encierra algo de hostilidad. A fin de evitar conflictos innecesarios es preciso hacerle saber a los niños que esos sentimientos son normales y naturales; así el niño entenderá que si sus sentimientos confusos son comprendidos eso quiere decir que no son tan confusos.En conclusión, a los niños les es muy difícil dominar impulsos socialmente inaceptables. Sus padres deben de ser aliados del niño en la lucha de que este sostiene para dominar esos impulsos. Al fijar límites al niño el padre brinda ayuda. Además de poner control a un comportamiento peligroso, la restricción establecida por el padre transmite al hijo una callada certidumbre: “No tengas miedo de tus impulsos. Yo no te dejaré ir demasiado lejos, pues te quiero mucho. No corres ningún peligro”.
Dr. Haim Ginott “Between Parent and Child”Tomado de la Revista Selecciones, Junio de 1969.Resumido por Johana Angulo Montoya